La alpinista Cristina Serna lleva los Andes a Torrelavega: “La altura es como subir a un ring, te pegan dos tortas y tienes que seguir”

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Hay un momento, en la alta montaña, en el que el cuerpo empieza a fallar. Falta el aire, pesan las piernas y la cabeza golpea como si alguien, invisible, estuviera marcando el ritmo desde dentro. “Es como subir a un ring: una boxeadora te pega dos tortas y tienes que seguir”, narraba la alpinista cántabra Cristina Serna en el salón de actos del IES Marqués de Santillana, en Torrelavega, dónde ese golpe no duele, pero se entiende.



Más de medio centenar de personas acudieron el pasado jueves 19 de marzo a escuchar a Cristina Serna y apreciar el documental “Montañas del Perú II”. Una programación incluida dentro del Ciclo de Charlas FCDME 2026. Sobre el escenario, sin épica impostada, fue reconstruyendo su última expedición a la Cordillera Blanca, en Perú, acompañada del alpinista y videógrafo Rubén Pérez ‘Ino’. En la pantalla, hielo, aristas y luz. En su voz, la otra parte, la que no siempre se ve.


La historia no empieza en la cima, sino en la duda. Era la segunda vez que regresaban a aquel “campo de juego increíble”, como lo definió. El plan inicial era claro: aclimatar y lanzarse a por La Esfinge, una de esas montañas que pesan más por lo que representan que por sus metros. Pero la montaña, como casi siempre, tenía otros planes.


“Tuvimos que jugar con la meteorología”, explicó. Y entonces apareció el plan B. Nueve nevados encadenados, nueve intentos de domesticar la altura, nueve maneras distintas de medir hasta dónde se puede llegar. En uno de ellos, ni siquiera hubo cumbre, "y no pasa nada", decía orgullosa la alpinista.

Porque si algo atravesó toda la charla fue esa tensión constante entre lo que se quiere hacer y lo que la montaña permite. “Esta temporada hay que tener cuidado, están las montañas bastante cargaditas”, advertía, recordando un escenario más inestable de lo habitual. Caídas de piedra, laderas expuestas, decisiones que no se toman desde la épica sino desde la prudencia. “Yo estaba acojonada”, dijo sin rodeos al hablar de una cara norte donde las rocas se desprendían ante sus ojos.


Pero incluso ahí, en el miedo, hay algo que empuja. Algo difícil de explicar a quien no lo ha sentido. “No hay nada que me guste más que luchar conmigo misma en esos momentos difíciles”, confesó. Y en esa frase, más que en cualquier cumbre, se entendió el sentido de todo.


La expedición también tuvo su lado más terrenal. Doce días de comida cargada a la espalda, material “por si acaso” y un cuerpo que no siempre responde. Hubo días de estómago revuelto, de quedarse en la cama sin saber si se podrá salir. “Vi un batido verde así bonito… y me dejó hecha polvo”, relató entre risas. Después llegó un té ofrecido por un alpinista polaco —“una pócima mágica”— y la decisión de levantarse. “Venga Cris, que tenemos tres días buenos”, le dijo ‘Ino’. Y es que a veces la épica es eso: levantarse.

Y luego están los detalles que no salen en los mapas. Dos perros que comenzaron a seguirles desde el primer día, al principio intentaron ignorarlos, luego cedieron. “Al final ya caímos”, admitía. Uno de ellos llegó a ascender casi a la cima siguiendo sus huellas, desafiando la lógica y el frío. “El perro alpinista”, bromeó. Una imagen que, como tantas otras, quedó flotando entre el público.



Porque la Cordillera Blanca no es solo dureza, también es asombro. “Vas caminando y te quedas ciego viendo esos sitios tan bonitos”, dijo. Y por un instante, la sala viajó con ella a través de las imágenes del documental que hicieron ascender al público junto a Cristina e 'Ino' a esos nueve nevados.


Más allá del relato de la expedición, la charla dejó espacio para algo más profundo: las condiciones en las que se construyen este tipo de proyectos. Serna habló sin adornos del coste económico, de la falta de apoyo, de un deporte que aún arrastra inercias. “El alpinismo se asocia a los hombres”, recordó, evocando sus inicios y aquel curso de alpinismo invernal que supuso “un dineral” pero también una puerta de entrada.


Hoy, con los Andes a la espalda, sigue mirando hacia delante. Alpes, Perú, Canadá... Son algunas de las ideas que ya están ahí, esperando su momento. Aunque el camino, lo sabe, no siempre pasa por las grandes montañas. “Habrá que hacer días más difíciles en montañas más pequeñas”, dijo ‘Ino’, refiriéndose a sus ganas de afrontar algún ‘ochomil’, pero siendo consciente de las limitaciones económicas que eso implica.



La sesión terminó sin estridencias. Sin necesidad de grandes finales. Porque, en el fondo, la historia no era la de nueve cumbres ni la de una expedición. Era otra cosa, era la de alguien que, cuando el aire falta, decide levantarse y seguir caminando.